5 de diciembre de 2015

El plato de menudo

29.

Zaratustra bajó de la montaña. Estaba cansado de comer raíces y bayas. De parlotear con el águila. 
Se acercó al pueblo que languidecía abajo del todo.
Según decía su serpiente, había un bache donde ponían una papas aliñas y un potaje de menudo que quitaban el sentío.
Zaratustra tuvo suerte, y pilló sitio de terraza, al fresco.
Mientras el camarero tomaba nota se percató que había cierto jolgorio en la plaza.
Con la primera cerveza fresca aparecieron, en rebaño, un gentío de pequeños seres peludos, que al moverse agitaban las pequeñas campanas que apretaban sus pescuezos.
Llegaron las papas aliñas y unas buenas olivas. El ganado se agolpaba frente a un estrado.
Cuando llegó el menudo -humeante, maravilloso- Zaratustra preguntó al camarero qué era aquello. 
El camarero le dijo que era un mitín. Que en el pueblo estaban en campaña electoral.
Zaratustra dio buena cuenta del manjar. Haciéndole a la morcilla una reverencia especial. 
Y allí, frente al sabio hambriento, le ladraba uno a los animalillos lanudos, montado en una peana.
Para conmemorar semejante desperdicio de tiempo y de vida, Zaratustra le pidió café al camarero. 
Y una generosa copa de pacharán. 
Había que celebrarlo. El recuerdo. 
Recordar las razones que le hacían vivir arriba, en la montaña.
Zaratustra pagó lo que debía. 
Y comenzó a subir la cuesta, poco a poco. Que la digestión del menudo es cosa seria. 
Allí dejó a las alegres ovejas, pastando.